Nunca es demasiado tarde

Estas personas comenzaron a beber en diferentes épocas de sus vidas. Bebieron durante períodos de variada duración. Sus orígenes y circunstancias eran diferentes. Un hombre bebió de manera alcohólica sólo durante dos años y medio, mientras que otro bebió por cincuenta años. Varios de ellos bebían para “curar” la soledad que sentían tras la muerte de su cónyuge, otro de ellos para calmar las tensiones derivadas de una carrera profesional de alto nivel. Una mujer, que pasó directamente de la unidad de emergencias cardíacas al centro de desintoxicación, tan sólo había substituido el vodka por el vino blanco.

Estas historias ilustran cómo el alcoholismo aparece de muchas formas diferentes y disfrazado de diversas maneras. El hecho de si Ud. es o no es alcohólico no está determinado por dónde bebe, cuándo empezó a beber, por cuánto tiempo ha estado bebiendo, con quién, qué, o ni siquiera cuánto, bebe. La verdadera prueba está en la respuesta a esta pregunta:

¿Qué le ha hecho el alcohol a Ud.? Si ha afectado las relaciones con su familia, amigos, empleadores actuales o pasados; si ha influenciado la forma en que Ud. programa sus días; si ha afectado su salud; si determina o afecta su condición anímica cuando no bebe o su estado mental; si el alcohol es algo que le preocupa mucho, de la manera que sea, es probable que Ud. tenga un problema.

El proceso de envejecimiento va acompañado de muchas crisis, y casi todas ellas acarrean algún tipo de pérdida. Los hijos crecen y se van de casa. Ud. se muda a una casa más pequeña. Los amigos son cada vez menos y viven más lejos. Tiene que jubilarse de su trabajo. Su salud física se debilita y sus facultades disminuyen. Su compañero/a de muchos años muere.

Algunas veces, estos cambios en las circunstancias hacen que un hábito que ya lleva tiempo empeore. Mientras que antes, un trago antes de la comida  era simplemente un pasatiempo agradable, ahora se con- vierte en el alivio que se espera ansiosamente todo el día—y el único trago se convierte en dos o tres, y luego más.

Para otros, el comienzo del alcoholismo puede ocurrir después de una crisis importante, una pérdida devastadora. De repente, la botella pasa a llenar el vacío emocional deja- do por la pérdida de un trabajo, o la muerte de un ser querido. Otros a su vez pasan por una larga historia de alcoholismo apenas con- tenido, y de alguna manera se escapan por un pelo, hasta que el cuerpo, después de años de abuso, no puede resistir más los embates del alcohol. El punto decisivo para las personas cuyas historias aparecen en este folleto llegó cuando finalmente decidieron enfrentarse al problema, le dieron la cara y desarrollaron la voluntad de hacer algo al respecto. La decisión de pedir ayuda fue lo más importante, una decisión que nadie podía tomar por ellos. Pero una vez tomada, la mano de Alcohólicos Anónimos estaba allí lista para ser extendida.

Los hombres y mujeres de A.A., de todas las edades, han aceptado su alcoholismo como lo que es, una enfermedad, y al hacerlo, abrieron las puertas a la ayuda, recuperación, y la reconstrucción de sus vidas. La forma en que nos ayudamos unos a otros es compartiendo nuestra experiencia, fortaleza y esperanza, y siguiendo un programa sugerido de recuperación.

En vez de sentir que sus vidas se han acabado, los hombres y mujeres que llegaron a A.A. a una edad avanzada, frecuentemente expresan el sentimiento opuesto: que es el momento de empezar a vivir. K.B., quien bebió por más de 50 años y ahora está sobrio desde hace casi ocho, nos dice: “Para mí, la vida empezó dos meses antes de cumplir 70”.

HISTORIAS

J.M. (82 años de edad) Se unió a A.A. a los 60

“Por primera vez en mi larga vida, me di cuenta de lo que el alcohol me había costado en términos de esperanzas arruinadas, amistades perdidas, la pérdida de mi orgullo, relaciones fracasadas, y los placeres de los logros intelectuales”.

Estaba a punto de cumplir 60 años cuando entré a Alcohólicos Anónimos. Había sido un alcohólico duran- te un período de 41 años. Todavía re- cuerdo, 64 años después, la sensación ardiente del primer whisky de centeno en mi garganta. En cuestión de semanas supe que algo andaba muy mal. Supe que me había “enganchado”, que cuando tomaba un solo trago, ya no podía dejar de beber hasta perder la conciencia de todo. He oído a mucha gente decir que no sabían que el alcohol era la causa de sus problemas, pero yo lo supe casi desde el principio.

En aquellos tiempos no se hablaba de “alcoholismo”, y recuerdo haber visto la palabra por primera vez en el conocido artículo de Jack Alexander sobre A.A. en el Saturday Evening Post, en 1941. Hasta ese momento yo me había considerado un borracho sin esperanza, destinado a una muerte prematura, o al manicomio. En ese entonces cursaba mi primer año de universidad, y cinco años más tarde abandonaría los estudios para siempre, no habiendo obtenido ni siquiera un título.

Cuando me reclutaron durante la Segunda Guerra Mundial, ya era un bebedor empedernido. Había empezado a padecer temblores, y ya había tenido varios problemas con la policía y había perdido mi licencia de conducir. El miedo y el terror se habían vuelto sentimientos dominantes; tenía miedo de salir a la calle sin antes tomarme unos tragos, y tenía miedo hasta del contacto humano más sencillo.

En los campamentos de entrenamiento básico, el ejército estaba presionando a los hombres que tenían algún tipo de educación universitaria para que fueran a la Escuela de Candidatos a Oficiales, y yo me había emperrado en no ir. Estaba dispuesto a aceptar ser un fracaso como soldado raso, pero la idea de fracasar como oficial, y causarle esa desgracia a mi familia, me angustiaba. Así que estuve combatiendo casi tres años como soldado raso, con tanto miedo y terror del alcohol como de las bombas y balas del enemigo. La única época en que estuve libre de alcohol en el ejército fue cuando estamos en el frente, donde no había nada para beber.

Después de la guerra me volví loco con el alcohol. Dos años después, pesaba sólo 98 libras (45 kg.), mi hígado sobresalía de mi cuerpo, tenía los riñones enfermos, el estómago y los intestinos inflamados, y estaba gravemente desnutrido, en un estado de colapso físico. Unos amigos me encontraron en mi apartamento, tirado en la entrada, sin poder levantarme. Me llevaron a una doctora maravillosa que entendía algo acerca del alcoholismo. Sabiendo que yo no tenía un centavo y no podía pagar ni un hospital ni un psiquiatra, me trató durante varios meses, viéndome frecuentemente y ayudándome a hablar de mis problemas.

Después de esto, tuve algunas malas épocas, pero por un tiempo había pasado lo peor. Un par de años más tarde habría de comenzar a beber de nuevo, pero para entonces ya tenía una esposa maravillosa y una relación matrimonial estrecha y llena de amor que dio origen a dos lindos hijos. Por unos años traté de beber de manera controlada; ustedes saben cómo terminan esos intentos. Perdía el control unas tres o cuatro veces al año, hasta que al ver la angustia que le ocasionaba a mi mujer, abandoné el trago del  todo.

Estuve completamente seco por seis años, hasta que mi esposa murió. El hecho de haberle dado esos seis años felices y valiosos es una de las alegrías de mi vida. Después de la muerte de mi esposa yo no sabía que estaba en peligro mortal. No sabía nada sobre el pro- grama de A.A., que era la primera copa a la que debía tenerle más miedo. Había ido a una reunión de

A.A. muchos años atrás, por insistencia de mi médico, pero me fui antes de que terminara. Yo pensé que A.A. no era para mí. Y tal como llegué a saber más adelante, una copa era lo único que hacía falta para someter- me de nuevo al poder del alcohol. Seguí bebiendo cuatro años más, años que iban a incluir hospitalizaciones, la pérdida de un trabajo y finalmente un internamiento en una clínica de rehabilitación. Fue allí donde empecé a ver que A.A. podía ser mi salvación.

La conciencia de que A.A. era la respuesta me vino repentinamente, y entendí que lo que la gente de A.A. me decía era lo que necesitaba oír. Cuando salí empecé a ir a reuniones diariamente, ofrecí mis servicios a mi grupo, primero limpiando la sala, luego haciendo café, y en otros pues- tos de servicio. Todas estas actividades, tal como me decía repetidamente mi padrino, me ayudaron a desarrollar confianza en mí mismo y un sentimiento  de autoestima.

Por primera vez en mi larga vida, me di cuenta de lo que el alcohol me había costado en términos de esperanzas arruinadas, amistades perdidas, la pérdida de mi orgullo, relaciones fracasadas, y los placeres de los logros intelectuales. A.A. despejaría la niebla que me cubría por causa del abuso del alcohol, me devolvería el amor de mi familia, y me permitiría volver a disfrutar de la belleza y las maravillas de la naturaleza. Toda mi vida (débilmente durante mis años alcohólicos) había soñado con ser escritor, pero me había hecho tanto daño a mí mismo que serían necesarios muchos años de sobriedad antes de que pudiera hacer un comienzo modesto en este sentido. A los 81 años, luego de 21 años de sobriedad, vendí mi primer ensayo. El mismo me trajo aún más reconocimiento al ser publicado en una colección anual, Los Mejores Ensayos Americanos de 1999. Ahora, a los 82, estoy inmerso en la creación de una novela. Nada de esto hubiera sido posible en absoluto antes de hacer- me miembro de A.A. Pero ahora, con estos maravillosos años de sobriedad, cualquier cosa es posible.

M.B. (70 años de edad) Se unió a A.A. a los 61

“Cada día tenía la determinación de nunca más dejar que el alcohol me dominara; y cada día fracasaba”.

Un día a la vez, mi vida ha pasado de ser mayormente miserable a ser una vida principalmente feliz y cómoda. ¿De qué manera? Ingresé a la Comunidad de A.A. cuando tenía 61 años de edad. Había tenido éxito profesionalmente, pero fuera de eso, era un desastre desde el punto de vista físico, emocional y espiritual. Creía que la culpa de todo la tenía mi incapacidad de controlar la bebida. ¡Estaba tan equivocada! Yo era una alcohólica común y corriente. En público casi nunca parecía ni se me oía borracha. Casi nunca me tambaleaba, ni me caía ni se me trababa la lengua. Nunca alborotaba, nunca perdí un día de trabajo, y nunca fui hospitalizada ni encarcela- da por embriaguez.

Pero el beber excesivamente y sin control me causaba angustias, me hacía odiarme y tener asco de mí misma. Me levantaba cada mañana preguntándome qué habría dicho, hecho o comido la noche anterior, y frecuentemente los miembros de mí querida familia me recibían con un total silencio. Cada día tenía la determinación de nunca más dejar que el alcohol me dominara; y cada día fracasaba. Antes de que el día terminara, había vuelto a repetir mi comportamiento.

Nunca fui encarcelada, a pesar de que constantemente manejaba mi camioneta llena de niños, en estado de embriaguez. Durante años viví en una cárcel que yo misma había construido. No sabía que era la primera copa la que me emborrachaba. Una vez que probaba el alcohol, me veía empujada física y emocionalmente a consumir más y más. Anhelaba poder beber socialmente tal como podían hacerlo muchas de las personas que me rodeaban. El vodka era mi bebida preferida, pero cualquier trago con alcohol podía servir, incluso el whisky.

Viajaba mucho y cada que vez que pasaba por la inspección de equipajes de mano temblaba, porque en mi bolsa del tejido siempre llevaba mi botella de vodka. Las botellitas que daban en los aviones eran algo ridículo. Me veía obligada a mantener mi dosis a la mano, aun cuando la idea de ser descubierta me llenaba de pavor.

Tenía una determinación de hierro de vivir mi vida guiada única- mente por mi propia voluntad. Era extremadamente sensible, tímida, y llena de miedo en mi interior, con actitudes soberbias y desafiantes en lo exterior. Era una mujer que necesitaba desesperadamente de un apoyo para poder seguir adelante. El alcohol era lo que utilizaba para tal efecto. No podía ver la forma de vivir sin él.

Hace doce años, un día igual que cualquier otro, le pregunté a mi hija si me podía llevar a una reunión de A.A. No había ocurrido ningún acontecimiento dramático. Sentía el mismo odio cotidiano hacia mí misma. Su respuesta positiva y calmada alivió mi ansiedad, y su reacción a mi solicitud fue muy. Le pregunté qué debería decir, qué debería hacer y cómo comportarme. Ella me dijo, “¡Mamá, sólo tienes que ser tú misma!”

Cuando preguntaron si había algún recién llegado en la sala, levanté mi mano y dije: “Mi nombre es M. Creo que tal vez soy alcohólica. Esta es mi primera reunión”. La respuesta me apabulló y me confundió. Aplaudieron. Me dijeron que siguiera viniendo y que era la persona más importante en la reunión. Sorprendida, animada y llena de esperanza, me resolví a escuchar todo lo posible, y hoy no recuerdo casi nada de aquella reunión.

Me prometí hacer exactamente lo que se me sugiriera. Inmediatamente le pedí a otra mujer “bendecida por el tiempo” (es decir, entrada en años) que fuera mi madrina. Descubrí que una madrina (o un padrino) equivale a una guía para encontrar el camino de la sobriedad. Mi madrina recomendó que asistiera diariamente a reuniones, me dijo que leyera el Libro Grande, Alcohólicos Anónimos, y lo más importante, me dijo que no bebiera, un día a la vez.

En aquel grupo encontré un hogar fuera de mi hogar. En una sala sencilla y modestamente amueblada, extraños sonrientes, amistosos, atractivos, de ojos brillantes, me recibieron con los brazos abiertos. Encontré una forma de vivir nueva y reconfortante, que tanto había ansia- do, la forma de vivir de A.A. Sentí que me libraba de un peso enorme. En aquella primera reunión, ocurrió un gran milagro: ¡perdí mi obsesión por la bebida!

Han pasado 12 años desde que atravesé la puerta de aquella primera reunión de A.A. Recién lograda mi sobriedad, luché y logré salir de una enfermedad devastadora que amenazaba con mi vida. Estos años de sobriedad continua me han brin- dado la mayor alegría, serenidad y tranquilidad mental que he conocido hasta ahora. Todo esto lo atribuyo a las bendiciones que encontré en A.A. y a las herramientas del programa: las reuniones de A.A., el trabajo con los Doce Pasos, las llamadas a mis madrinas, la oración y las lecturas, el llevar el mensaje a otros y encontrar a Dios según yo lo concibo, a quien hoy le entrego mi voluntad y mi vida. Por medio de la Comunidad de alcohólicos anónimos he descubierto la verdadera voluntad de Dios, un amor sin condiciones con aceptación libre de críticas. En ninguna otra parte del mundo me ha ocurrido algo así.

J.H. (75 años de edad) Se unió a A.A. a los 61

“¡Raramente me sentía verdadera- mente feliz, raramente sentía algo. Todo era una farsa!”

¡Acabo de celebrar 14 años de sobriedad! Es difícil de creer. En una época no podía pasar ni un solo día sin alcohol. Cuando ingresé a A.A. tenía 61 años de edad y ni pensé en lo que estaría haciendo en 14 años. Estaba segura de que la mejor parte de mi vida ya había pasado. ¡Nunca hubiera podido creer lo maravillosa que se volvería mi vida!

Mi vida cambió de rumbo para mejor inmediatamente cuando me levanté una mañana y dije, “necesito ayuda”. Estas palabras fueron en respuesta a la pregunta de mi marido, “¿te divertiste anoche?” Habíamos ido a cenar con unos amigos, y como siempre, me tomé mi vodka de costumbre antes de salir de casa, así como varios tragos más durante la cena, y todo terminó en otra discusión con mi marido. Una vez más me acosté furiosa, me desperté en mitad de la noche deseando poder morir, y diciéndome a mí misma: no puedo seguir así. Cuántas veces había rogado “que mi deseo de beber fuera eliminado, ayúdame a no querer beber alcohol mañana”. Pero cada día traía una nueva batalla perdida con mi antiguo amigo, ahora convertido en mi enemigo. Simplemente no podía mantenerme alejada de él.

Cuando admití que necesitaba ayuda, nunca soñé cuánta ayuda iba a recibir. Fuimos volando al hospital. Respondí que “sí” a todas las preguntas, excepto a aquella que decía “¿Bebía por la mañana?” ¡Se me hacía muy duro tomar un trago por la mañana! Me preguntaron, “¿Iba a almuerzos o comía con amigos?” Sí, claro que sí. “¿Tomaba vino o Bloody Mary?” Bueno, sí… “¡Entonces, Ud. bebía por la mañana!” Era una alcohólica que necesitaba ayuda. ¡Yo, que me levantaba cada día y hacía una caminata de tres millas! Había estado convencida de que si era capaz de hacer esto, no podía ser una alcohólica.

Sabía que no quería seguir viviendo una vida en la que el alcohol tuviera el control, y me llevara a donde no quería ir. ¡Raramente me sentía verdaderamente feliz, raramente sentía algo. Todo era una farsa!

Mi marido y yo habíamos crecido durante la Gran Depresión; habíamos nacido en los años veinte. Nos casamos en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Todas nuestras juergas las hacíamos los fines de semana.  Comíamos,  bebíamos  y éramos felices (ya que pensábamos que tal vez no podríamos hacerlo en el futuro). Esperaba ansiosa la llegada de esos fines de semana. El alcohol era uno de los principales ingre- dientes de nuestra diversión. Me hacía soltarme para bailar, para hablar, me convertía en una chica divertida. Sí, los primeros años de nuestro matrimonio estuvieron repletos de diversión, con la excepción de las épocas en que estábamos lejos el uno del otro.

Como esposa de un miembro de la Fuerza Aérea, había decidido no ser dependiente (a las esposas se las clasificaba  como                “dependientes”). Traté de ser autosuficiente. Y cuando se me exigía que hiciera algo difícil, trataba de probar que podía hacerlo, por mí misma si era necesario. Mi primer viaje al extranjero fue en 1953, la primera vez que volaba, con cuatro niños de 2, 4, 6 y 8 años de edad. No fue fácil llevarnos hasta Nueva York, y de allí hasta Alemania. En Alemania descubrí lo bueno que podía ser el vino. Disfrutaba de la variedad de vinos, muchísimo. Estos fueron todavía días hermosos. Pero demasiado vino puede arruinar los días  hermosos,  y  recuerdo  haber arruinado algunos.

Nuestra carrera en la Fuerza Aérea duró  32  años,  terminando  en  el Pentágono con varias asignaciones seguidas y unos cuantos viajes a Europa. Traté desesperadamente de tener cuidado y no beber demasiado. Pero no siempre lo conseguía. Eché a perder varias ocasiones maravillosas. Teníamos tanta suerte de que se nos hubieran encargado asignaciones de este tipo, y de haber tenido una carrera de éxito sin interrupciones, por lo menos, creo que mi bebida no interfirió con los ascensos de mi marido. Con mucho empeño traté de ser una buena esposa dentro de la Fuerza Aérea.

Cuando ingresé en el centro de rehabilitación pude verme a mí misma por primera vez como persona, no como la mujer, la madre o la hija de alguien. Empecé a descubrir quién era yo y lo que había en mi interior y conformaba lo que soy. También me di cuenta de que no tenía que ingerir alcohol todos los días.

¡Finalmente libre! Siento gratitud hacia mi Poder Superior y hacia A.A. por haber dejado de ser una esclava del alcohol. Soy una mujer libre con una vida completamente nueva. Cada día aguardo con entusiasmo asistir a una reunión de A.A. ¡Antes, lo que solía aguardar con entusiasmo era el primer trago! Gracias a Dios, ya no lo necesito.

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